sábado, 16 de octubre de 2010

Nostalgia del laberinto

Hay lugares en los que uno se siente perdido. No conoces a nadie, no entiendes nada de lo que pasa a tu alrededor, no entiendes la lengua, y lo único que quieres es salir corriendo. Pero cuando te vas, sientes una increíble nostalgia. Eso es Marrakech. Un caos incomprensible de gente, olores, colores, idiomas, tiendas, música y gritos de vendedores ofreciendo desde fotografiarse con un mono hasta hachís.

Llegamos un domingo al atardecer. Al salir de la estación de tren le pedimos al taxista que nos llevara al Hotel Astrid, en la calle Derb Ben Aissa Dabbachi. El taxi nos llevó por el Boulevard Mohammed V, la esplendorosa avenida principal de Marrakech, que rodeada de arboles, arcos y fuentas luminosas desemboca en el corazón de la Medina.
- Sqare - dijo el taxista exprimiendo al máximo su inglés - Sqare. Walk. Con un gesto circular de la mano nos indicó que allí era lo más lejos que nos podía llevar. Apuntó con el dedo hacia adelante y dijo: La place Jemaa el fna.

No creo que haya nadie preparado para llegar a Jemaa el fna un domingo al atardecer.

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