miércoles, 27 de octubre de 2010

Turista resentida

Todavía no me recupero del fraude que fue el viaje al desierto con la caravana de camellos tirados por un bereber con vaquero Levi`s. El campamento, que sospecho los bereber montaron sobre una autopista, cubierta de arena solo para la ocasión, consistía en una cantidad de gente sacandose fotos unos  a otros abrazando un camello. Mientras, tomaban cerveza y buscaban donde tirar la lata para no contaminar la naturaleza.
Entonces decidí que no quiero ser más una turista.  Quiero pasar fin de año en los territorios ocupados de Palestina, o un campo de refugidos, o irme en las vacaciones de invierno como cooperante a Sudán.
Hay muchas posibilidades para hacer turismo sin ser turista, solo que es mucho más caro y aparentemente, bastante menos cómodo.

domingo, 24 de octubre de 2010

No tiene precio.

Un rumor intenso subía a medida que nos acercábamos al gentío, como si nos enfrentáramos a una estampida de animales. La multitud es una cosa compacta, con vida, que se mueve según unas reglas que uno no alcanza a entender pero funciona perfectamente. Parece que en cualquier momento una moto sin luz va a tropellar a un grupo de turistas, que caerán con sus cámaras de fotos, mochilas y gorros de paja sobre sobre los puestos atiborrados de frutos secos, desparramando dátiles, damascos y uvas por todas partes, armando un enorme caos de  monos, serpientes, caballos y burros asustados corriendo despavoridos entre la multitud enloquecida. Pero no.

Hacia un lado y otro circulan centenares de personas, caminando, en moto, en auto, en bicicleta tirando un carrito, calesas con caballos, madres con niños en sus coches, burros cargados, niñas riendo y coqueteando, vendedores gritando sus mercancías y turistas sacando fotos. La gente serpentean entre los vendedores de zumos de naranja, los puestos de frutas y verduras, los magos, los bailarines, los aguateros disfrazados, los encantadores de serpientes, los músicos y  los monos. Un imán atrae a la todo el mundo a la plaza, a tocar las telas, a preguntar precios, a gritar y regatear precios en medio del  humo que se eleva desde los puestos de comida y lo envuelve todo .

sábado, 16 de octubre de 2010

Nostalgia del laberinto

Hay lugares en los que uno se siente perdido. No conoces a nadie, no entiendes nada de lo que pasa a tu alrededor, no entiendes la lengua, y lo único que quieres es salir corriendo. Pero cuando te vas, sientes una increíble nostalgia. Eso es Marrakech. Un caos incomprensible de gente, olores, colores, idiomas, tiendas, música y gritos de vendedores ofreciendo desde fotografiarse con un mono hasta hachís.

Llegamos un domingo al atardecer. Al salir de la estación de tren le pedimos al taxista que nos llevara al Hotel Astrid, en la calle Derb Ben Aissa Dabbachi. El taxi nos llevó por el Boulevard Mohammed V, la esplendorosa avenida principal de Marrakech, que rodeada de arboles, arcos y fuentas luminosas desemboca en el corazón de la Medina.
- Sqare - dijo el taxista exprimiendo al máximo su inglés - Sqare. Walk. Con un gesto circular de la mano nos indicó que allí era lo más lejos que nos podía llevar. Apuntó con el dedo hacia adelante y dijo: La place Jemaa el fna.

No creo que haya nadie preparado para llegar a Jemaa el fna un domingo al atardecer.

miércoles, 13 de octubre de 2010

Marruecos Experience

Llegué a Marruecos por Casablanca. Antes, me había tomado un tren a Milán, y después de esperar un día mirando vidrieras de Valentino, me tomé un vuelo desde Malpensa hasta el aeropuerto Mohammed V de Casablanca. Fue el primer Mohammed de una infinita listas de Avenidas, callejones, comercios, vendedores, cafés y plazas Mohammed que encontraría.
EL vuelo a Marruecos hacía presagiar lo que Marruecos sería: un vuelo low cost de Ryan Air que salió con retraso, y nos hizo perder el último tren que nos podía llevar desde el aeropuerto a la ciudad. El funcionarios de aduanas que me selló el pasaporte estaba de mal humor, y solo hablaba árabe o francés. Balbucée las palabras que recordaba en francés, intentando explicarle el motivo del viaje: Turismo. Tourist. Tourisme. Bastaron una mirada, un gesto despectivo al devolverme el pasaporte sellado, para entender que no era exactamente bienvenida.

martes, 12 de octubre de 2010

María y la bicicleta.

Escribo desde Italia. Estoy sentada en mi escritorio, frente a la ventana que da al parque. Mi ventana da a un parquecito, con césped y una enredadera todo alrededor del muro. A veces bajo y comemos en el césped. Ahora no, porque ya empezó a bajar la temperatura y está muy frío aun al mediodía.
Y tengo una bicicleta.
Hubiera jurado que a los treinta y tres años andaría en un descapotable verde oliva pero no. Tengo una bicicleta color morado con un canasto adelante con la que atemorizo a los transeúntes.
Dos por tres la choco contra algo. Hoy la estampé contra la barrera del puente frente al parquecito de casa. Para evitar que la gente pase en moto, hay un zig-zag de barreras en los extremos del puente. La mayoría de la gente en bicicleta pasa, aunque a mi me parece bastante estrecho. Hoy intenté pasar yo también, pero enganché el pedal en la primera barrera y casi arranco la segunda. No me hice nada, por suerte. La bici quedó con un tintineo en la rueda de adelante.
También atropellé a dos personas. Una chica, cuando iba saliendo del comedor universitario y no vi que venía por la derecha, y un hombre en la esquina de Vía del Santo y Riviera Tito Livio. A ninguno de los dos le pasó nada más que un susto. El señor de la Riviera Tito Livio tenía unos ojos azules muy bonitos.