No quiero ser alarmista, pero creo que vivo en una casa de campo. Lo digo porque acabo de abrir los ojos y parezco estar acostada una especie de cunita de hierro forjado que forma flores en los costados. Estoy más hundida que acostada aquí dentro, envuelta en una cosa peluda que debe ser mi manta. No creo que sea muy saludable para la columna el agujerito en el que me encuentro, pero es cómodo y estoy bien calentita.
Desde aquí miro el techo. Dos travesaños de madera sostienen la estructura. Si lo que cuelga sobre mi cabeza es una araña estoy muerta. Falsa alarma. La araña está de mi parte, acaba de capturar un platillo volador que se dirigía hacia mí. Alguien está llamando. No. Es la ventana que suena. Hay algo atrapado entre el cristal y la cortina de tul color Bordeaux. Es una abeja. Insiste en darse contra el cristal. Ahora le mando a la araña. Se acaba de escapar un San Antonio de entre los pliegues de la cortina. Parece mucho más listo que la abeja. Dio unas vueltas por la habitación y salió volando por la ventana. ¿Será que todos estos durmieron conmigo? Me enrosco en la manta peluda y dejo solo los ojos afuera. Aquí me quedo hasta que se vayan todos a sus casas.