Un rumor intenso subía a medida que nos acercábamos al gentío, como si nos enfrentáramos a una estampida de animales. La multitud es una cosa compacta, con vida, que se mueve según unas reglas que uno no alcanza a entender pero funciona perfectamente. Parece que en cualquier momento una moto sin luz va a tropellar a un grupo de turistas, que caerán con sus cámaras de fotos, mochilas y gorros de paja sobre sobre los puestos atiborrados de frutos secos, desparramando dátiles, damascos y uvas por todas partes, armando un enorme caos de monos, serpientes, caballos y burros asustados corriendo despavoridos entre la multitud enloquecida. Pero no.
Hacia un lado y otro circulan centenares de personas, caminando, en moto, en auto, en bicicleta tirando un carrito, calesas con caballos, madres con niños en sus coches, burros cargados, niñas riendo y coqueteando, vendedores gritando sus mercancías y turistas sacando fotos. La gente serpentean entre los vendedores de zumos de naranja, los puestos de frutas y verduras, los magos, los bailarines, los aguateros disfrazados, los encantadores de serpientes, los músicos y los monos. Un imán atrae a la todo el mundo a la plaza, a tocar las telas, a preguntar precios, a gritar y regatear precios en medio del humo que se eleva desde los puestos de comida y lo envuelve todo .
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